chorlitejo patinegro

Un cachiño de Galicia: crónica de un viaje anunciado

Era viernes y comenzábamos nuestro viaje a “terras galegas”, ese en el que tanta ilusión habíamos depositado. Era mediodía y hacíamos la primera comida, muy cerquita, en Requena. El restaurante se llama La Pinada y es muy grande, con césped alrededor. Se come bien, sobretodo el embutido -algo lógico, teniendo en cuenta la ciudad donde nos encontrábamos-.

Por la tarde llegamos al Parador de Alcalá de Henares. Es muy recomendable si tenéis que hacer alguna paradita antes de llegar a vuestro destino. La habitación está genial, así como el Parador, por lo que la clave es pillarlo de oferta y, para amortizarlo, llegar lo antes posible y apurar la salida. Así lo hicimos.

El día siguiente reanudamos el viaje hacia Cambados. La comida fue en Rancho Grande, en Tordesillas. Es un restaurante muy agradable.

Esa misma tarde llegamos a Cambados. Allí nos esperaba la Feria del Albariño. Sólo Albariño y marisco. No está mal, ¡eh! Por si os interesa, suele coincidir con la primera semana de agosto. Pero si váis no hagáis el pardillo como yo: era el único en toda la ría con chanclas. ¡Qué frío!

El domingo nos fuimos rumbo a las islas Cíes. ¡Qué pasada! El periódico británico The Guardian, declaró en 2007 la playa de Rodas como: “la playa más bonita del mundo”. Recorrimos la Ruta del Príncipe, que llega hasta un mirador precioso.

Esa noche clausuraban la Feria del Albariño, con unos fuegos artificiales acuáticos. Luego, una vueltecilla y al hotel. En Cambados nos alojamos cuatro noches en El Ribeira de Fefiñáns, un hostal estupendo (el único alojamiento en Cambados con vistas a la ría). En el planta baja, disponen de una vinoteca, donde sirven los desayunos.

El lunes nos dirigimos a Baiona. Preciosa localidad de las Rías Baixas, donde dimos cumplida cuenta de una mariscada-parrillada de escándalo. La marisquería se llama El Túnel.  De obligada visita allí es el Parador: absolutamente monumental. Tiene unas vistas espectaculares a toda la playa. Además, puedes hacer un recorrido por todo el recinto, a través de miradores, torres-vigía, cañones, jardines…¡de visita obligada!.

Saliendo de nuevo hacia la playa, Baiona dispone de una réplica de La Pinta, la carabela del descubrimiento. Puedes subir en ella, y mediante una audio-guía, te van narrando de una manera muy amena, cómo fueron esos viajes de ida y vuelta al Nuevo Mundo, así como los modos de vida de los tripulantes. Desde allí pusimos rumbo al balneario de La Toja (todo un clásico). Allí dispusimos de un circuito termal y un masaje que nos dejaron como nuevos.

El martes tenía como destino Santiago de Compostela. No por típico, menos espectacular. Siempre es un gustazo caminar por sus callejuelas, llenas de un aire meláncolico, pero a su vez, misterioso. Estuvimos en la Catedral y pudimos disfrutar de la presentación 3D del Pórtico de la Gloria. Comimos en un sitio que, desde que Vicente –el chófer de un viaje fin de curso- nos lo recomendara hace tres años, lo tenía en mente. Es un restaurante que hay en la calle Franco (una de las típicas que salen de la Plaza del Obradoiro), en el número 54, y atiende al nombre de El Pasaje, donde ofrecen un chuletón de vaca de trabajo (se llama así), dentro del “top five”: un quilo novecientos gramos que entró como si nada. Allí mismo, pudimos degustar unas de las mejores anchoas que se pueden encontrar en nuestro país.

Al atardecer, nos acercamos al santuario de la Virgen de la Cabeza -en Cacheiras- a unos 8 km. de Santiago, y donde se hacen peregrinaciones para pedir a la Virgen la curación de las migrañas. ¡Había que intentarlo!

Esa era nuestra última noche en Cambados, por lo que hubo que tomar unas almejitas y  unos berberechitos, que era de lo poco que quedaba por probar. Aprovechamos la tranquilidad que se respiraba, para hacer nuestro último intento. Llamamos al Parador de Santo Estevo, una localidad preciosa en la Rivera Sacra ourensana, y allí quedaba, de oferta, una habitación disponible (agradecer desde aquí a Felipe, aunque no creo que lea esto nunca, por cómo se lo curró! Al César lo que es del César, y a Felipe lo que es suyo.

Así que, el día siguiente, hacia Santo Estevo nos fuimos. El Parador está en un pueblo que se llama Noguera de Ramuín, cerquita de Luintra. Se trata de un antiguo monasterio, rodeado de bosques de castaños, nogales y robles. Llegamos a la hora de comer y nos fuimos rápidamente a ver si cogíamos el catamarán que salía a las 16 h. del embarcadero, para disfrutar de los cañones del Sil. Y lo conseguimos. La ruta es chulísima, aunque si alguna vez vais, intentar poneros en la proa -en los primeros sitios- ya que es mucho más divertido el viaje.

Y luego, a Monforte de Lemos. Rápidamente, de vuelta a Nogueira de Ramuín. Aunque lo de rápida, es un decir. El viaje de ida se hizo eterno, ya que nos habían dicho que estaba “al lado” y, además de no ser así, la ¿carretera? era malísima. Pero bueno, eso nos sirvió para conocer a la maravillosa abuelita -de la Galicia profunda- del bar aquel, que al preguntarle cómo estaba nos respondió: “Pues aquí; faciendo la tarde”.

En fin, un viaje maravilloso por Galicia. Ahora es cuando debería decir que en cuanto pueda me apetecería volver. Pero la morriña se ha transformado en nostalgia y mi corazón y mi cuerpo me piden volver lo antes que se pueda a nuestra añorada Cádiz. Imagino que se cumple eso de que “todos necesitamos un poco de Sur, para poder ver el Norte”.

Ata a próxima, Galicia.      

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